
Por Joan C.
Tercera y siete, un punto de ventaja, el reloj corriendo. Lambeau Field contiene la respiración. En la banda, Matt LaFleur baja la vista hacia su hoja de jugadas y, en miles de sofás, alguien murmura lo mismo: «Otra vez no, por favor».
Porque hay tardes en las que uno se sienta delante de la televisión convencido de que conoce perfectamente a Matt LaFleur: un entrenador metódico, estudioso, amante del juego terrestre, del movimiento pre-snap y de esa ofensiva que, cuando funciona, parece estar perfectamente engrasada.
El señor LaFleur, podríamos decir.
El problema es que, de vez en cuando, aparece otro. No sabemos exactamente cuándo ocurre; nadie ha conseguido determinarlo. No hay una señal en la banda, ni una música siniestra, ni una nube de humo que cubra Lambeau Field.
Simplemente ocurre: LaFleur mira su hoja de jugadas, hace una llamada… y entonces aparece Mr. Playcall.
Por si hay algún despistado, este artículo está inspirado en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de R. L. Stevenson. Solo que aquí el doctor entrena a los Packers y su otro yo tiene una hoja de jugadas en sus manos.
¿Por qué?
Todo este caso comenzó, como suelen comenzar estas cosas, de una manera bastante inocente. Una llamada aparentemente normal, una formación conocida, un concepto que ya habíamos visto.
Nada que hiciera sospechar que, unos segundos después, nuestros Packers iban a intentar algo que ninguno de nosotros, que llevamos tres horas de cara a la tele con el mando a distancia en la mano, habría sido capaz de imaginar.
Pero ahí estaba. La jugada. Y entonces llegan las preguntas: ¿por qué esa llamada?, ¿por qué en ese momento?, ¿por qué en ese down?, ¿por qué con ese resultado?
Uno empieza buscando una explicación razonable: quizá había una lectura que no vimos, quizá la defensa mostró algo, quizá Love tenía una opción, o había un ajuste que nosotros, desde el sofá, somos incapaces de apreciar.
Claro. Por supuesto. Somos aficionados; no estamos dentro de la sala de reuniones, no conocemos el gameplan, no tenemos las imágenes que tiene el entrenador.
Y durante unos minutos conseguimos convencernos de ello. Hasta que vuelve a suceder, y entonces empezamos a sospechar.
Porque una cosa es no entender una llamada. Y otra muy distinta es empezar a reconocer un patrón.
Las pruebas
El primer paso de cualquier investigación seria consiste en reunir pruebas, así que empezamos a mirar partidos. Una jugada aquí, otra allá, un tercer down, una situación de goal line. Una posesión en la que parecía que el ataque había encontrado ritmo y, de repente, decide hacer algo que se sale de toda lógica y rompe la dinámica del drive.
Y poco a poco aparece él: Mr. Playcall.
Pero no aparece todo el tiempo, y ese es precisamente el problema. Si apareciera en todo momento sería muy fácil. Si todas las llamadas fueran inexplicables, podríamos decir que el problema es LaFleur. Pero no. El señor LaFleur también existe, y ese es el detalle que convierte este caso en un misterio.
Porque hay momentos en los que vemos una ofensiva preciosa, con movimiento antes del snap, en ocasiones play action, lecturas sencillas para el quarterback, un juego terrestre que obliga a la defensa a respetar cada posibilidad, y pensamos:
«Este hombre sabe perfectamente lo que está haciendo».
Y probablemente lo sabe. Hasta que cinco minutos después nos encontramos mirando la pantalla como una vaca viendo pasar un tren. ¿Qué demonios acaba de ocurrir?
Rueda de prensa del lunes
Al día siguiente, naturalmente, llega la rueda de prensa, y Matt LaFleur está perfectamente tranquilo, como si no hubiera sucedido nada. Como si aquel tercer down y aquella llamada que provocó que media afición se llevara las manos a la cabeza fueran perfectamente normales.
LaFleur habla de la defensiva rival, del ataque, de las posibilidades y de lo que habían visto durante la semana.
Todo tiene sentido. Claro que tiene sentido, porque el señor LaFleur es un entrenador de la NFL, y nosotros no. Así que cerramos el caso… hasta el domingo siguiente.
«No, no, no»
Y entonces llega otra. No hace falta que sea la peor jugada de la historia, ni siquiera tiene que acabar en desastre (ese no es el asunto). El problema es que, durante unos segundos, todos en casa sabemos que hay algo que no encaja. El ataque está moviendo el balón, la defensa empieza a retroceder, el partido pide una cosa… y nosotros recibimos otra.
Una jugada que parece diseñada en una dimensión paralela. Una de esas llamadas que obligan al aficionado a levantarse del sofá.
—No.
Pausa.
—No, no, no.
Y cuando la jugada termina, llega el silencio. Ese silencio que existe cuando nadie entiende lo que acaba de ver. Y entonces aparece la frase inevitable:
«LaFleur ha vuelto a abrir la puerta y Mr. Playcall ha salido otra vez».
La hoja de jugadas
Aquí es donde la investigación empieza a complicarse, porque alguien podría pensar que el problema es simplemente que LaFleur tiene malas ideas, pero eso no explica al otro LaFleur.
Al hombre que diseña una ofensiva capaz de poner en problemas a cualquier defensa, al entrenador que consigue generar ventajas con movimiento y formaciones, al que parece tener preparado exactamente lo que necesita el quarterback.
No. Tiene que haber otra explicación. Quizá no son dos hombres. Quizá nunca lo fueron. Quizá el señor LaFleur y Mr. Playcall son la misma persona.
Y aquí es donde el caso empieza a ponerse interesante, porque Mr. Playcall no sustituye a LaFleur: Mr. Playcall está dentro de LaFleur.
Es esa llamada que lleva varios minutos esperando su momento, ese pequeño impulso, ese «¿y si hacemos esto?». Ese instante en el que el entrenador decide abandonar la lógica para hacer algo que, sobre el papel, probablemente tenía sentido.
Sobre el papel, qué expresión tan maravillosa. El lugar donde últimamente viven muchas de nuestras desgracias como aficionados de los Packers.
La defensa del acusado
Siempre hay alguien que intenta defender al sospechoso:
«La jugada tenía sentido». «El receptor estaba abierto». «Si Love hubiera hecho la lectura correcta…». «La defensa hizo exactamente lo que se esperaba».
Puede ser. De hecho, muchas veces será cierto, y eso es lo peor.
Porque entonces uno empieza a dudar de sí mismo: quizá Mr. Playcall no existe, quizá solo somos nosotros, quizá después de tantos años viendo fútbol americano hemos desarrollado una enfermedad incurable llamada domingo por la tarde.
Pero entonces llega otra jugada, y Mr. Playcall vuelve. Y uno comprende que no estaba loco, o al menos no completamente.
Mirada a la banda
En la historia de Stevenson hay un momento en el que parece que todo se ha solucionado: Hyde ha desaparecido y Jekyll vuelve a su vida normal. Todo parece estar en orden.
Con LaFleur, durante estas últimas temporadas ha ocurrido algo parecido. Hay partidos en los que parece que el misterio ha terminado: el ataque funciona, las decisiones son buenas, el equipo juega con ritmo. LaFleur parece haber dejado encerrado a Mr. Playcall en algún lugar del edificio. Y pensamos que quizá, finalmente, todo está resuelto.
Hasta que un domingo cualquiera miramos hacia la banda. LaFleur tiene la hoja de jugadas en la mano. La cámara se acerca. Y nosotros ya lo sabemos. No hace falta que diga nada. No hace falta que ocurra todavía. Lo reconocemos: la mirada, la hoja, la situación de partido. En el grupo donde comentamos los partidos se respira la tensión. Y ese pequeño demonio que todos conocemos ha vuelto.
Mr. Playcall está de regreso. Y nosotros, aficionados sufridores, ya nos olemos la tostada y sabemos que este alter ego malvado aparece jornada tras jornada con más frecuencia de lo que nos gustaría.
Lo que no vemos desde el sofá
Pero quizá el verdadero misterio no sea descubrir quién es Mr. Playcall. Quizá sea entender por qué aparece, porque el problema del playcalling no puede reducirse a una jugada absurda. Un entrenador tiene información que nosotros no tenemos: tiene un plan, datos, una defensa delante, un quarterback y jugadores que quizá ejecutan las cosas de una determinada manera durante los entrenamientos. Y, por supuesto, tiene que tomar una decisión en segundos. Eso hay que reconocerlo.
Pero también es verdad que nosotros tenemos ojos y memoria. Y hemos visto suficientes partidos como para reconocer cuándo una decisión empieza a parecerse demasiado a otra. Por eso seguimos investigando. No para condenar al señor LaFleur, todavía no (o sí). Simplemente queremos saber dónde termina LaFleur y dónde empieza Mr. Playcall.
Son uno
Y aquí llegamos al final. Quizá el día que descubramos toda la verdad no encontremos dos hombres, sino solamente uno: Matt LaFleur.
El entrenador que puede diseñar una ofensiva magnífica y, al mismo tiempo, tomar una decisión que nos haga preguntarnos si alguien ha cambiado las hojas de jugadas durante el descanso. El señor LaFleur y Mr. Playcall.
No son dos. Son uno. Y quizá esa sea precisamente la parte que más miedo da, porque no podemos deshacernos de Mr. Playcall. No podemos mandarlo lejos. No podemos encerrarlo en una habitación.
Así que aquí seguimos, domingo tras domingo. Tercero y cuatro, dos minutos en el reloj, el partido en juego. La cámara enfoca a LaFleur, que baja la vista hacia la hoja, y en el sofá todos nos quedamos quietos. Se le ilumina un poco la cara. Ese es el momento. En el grupo de Telegram de PackersESP, tres puntos suspensivos: alguien está escribiendo.
«Otra carrera por el centro no, por favor, otra carrera por el centro no, por favor…»