Por Joan C

La victoria del domingo, además de sumar una “W” nos ha dejado una semana de alegría, tranquilidad y disfrute, y a nuestro rival con la incómoda sensación de que quizá habría sido mejor quedarse en casa viendo documentales sobre la migración de los pingüinos. Y es que hemos recuperado algo más que una victoria: hemos recuperado el derecho a sonreír con esa superioridad arrogante que tanto irrita al vecino.

Un 31-7 contra los Bears no es una simple victoria. Es enviar un mensaje, ponerle sello y asegurarse de que el destinatario lo recibe con acuse de recibo. Y si el destinatario es Chicago, la satisfacción se multiplica. Porque esta rivalidad se parece a una relación sentimental tóxica entre Wisconsin e Illinois en la que Green Bay lleva décadas haciendo de ex que aparece en la fiesta, se lleva todas las miradas y termina marchándose con las llaves del coche. Los Packers necesitaban una tarde así. Y los Bears, al parecer, necesitaban recibirla para saber quién manda en las latitudes más elevadas de los EEUU.

Lo que creo que más nos debe ilusionar es, no tanto el placer (perfectamente legítimo) de ver sufrir a los Bears, sino comprobar que nuestro equipo puede jugar con personalidad, reduciendo nuestros errores y castigar los del rival, y dejar de convertir cada partido en una montaña rusa emocional. Porque seamos sinceros: Green Bay tiene la mala costumbre de hacer sufrir a los suyos incluso cuando dispone de argumentos para ganar con cierta tranquilidad. A veces parece que los Packers consideran que una victoria cómoda es una experiencia demasiado vulgar para su público. Prefieren añadirle suspense, algún error absurdo y un par de sustos para que nadie se duerma en el sofá. Contra Chicago, al menos, decidieron ahorrarnos parte del tratamiento cardíaco.

Y ahora viene el “pero”: que este domingo de vino y rosas no nos afecte a la memoria. Esta paliza no borra automáticamente las dudas de las primeras semanas. Los Packers siguen teniendo cosas que corregir, y el calendario no concede medallas por haber humillado al vecino (el bueno de Rodgers no tendría cuello para tanta presea si así fuera).

Dos veces al año, dijo Ben. De momento, una colleja

Conviene recordar que nuestro vecino humillado llegó a esta temporada con ilusión, argumentos y un entrenador, Ben Johnson, al que muchos contemplaban como el hombre capaz de cambiar el rumbo de una franquicia acostumbrada a convertir la esperanza en una actividad de riesgo. Porque si hablamos de esperanza, está claro que en eso nuestros vecinos de Chicago nos ganan: los Bears son el equipo que más anillos tiene… de campeón de la pre-temporada.

Johnson venía precedido de una reputación ofensiva considerable. Había motivos para pensar que podía construir algo serio. El domingo el plan del amigo Ben no sobrevivió al encontrarse a unos Packers que no hicieron regalos y que han dejado a los de Chicago rumiando esta derrota.

En Lambeau, la pizarra de Johnson debió de empezar a parecerse a uno de esos manuales de instrucciones traducidos automáticamente: muchas flechas, conceptos interesantes y un resultado final que nadie termina de comprender. Resultado: los Bears se marcharon con siete puntos. Siete. Una cifra estupenda si estás jugando al bingo, algo menos emocionante cuando tu objetivo es discutirle el dominio de la NFC Norte a Green Bay.

Y eso que el fútbol americano siempre ofrece excusas disponibles en distintos tamaños: lesiones, bajas, errores puntuales, errores arbitrales, circunstancias del encuentro. Caleb Williams no estaba disponible, y sería injusto ignorar la importancia de esa ausencia. Pero también sería un detalle de mala educación olvidar que los Packers se presentaron para hacer su trabajo: jugar al fútbol americano. Y si es por bajas, nosotros también tenemos un buen puñado de ellas, por motivos diversos, y de jugadores que por puesto no son tan importantes como la baja de un QB, pero si sus nombres son Micah, Edgerrin o Josh, su ausencia es, cuanto menos, significativa.

Por supuesto, Johnson y los suyos tendrán nuevas oportunidades, los Bears volverán a ganar partidos y sus aficionados volverán a sacar pecho. Así funciona la NFL: una semana eres candidato a todo y a la siguiente estás buscando el mando a distancia para cambiar de canal, y se te quitan las ganas de escuchar podcasts. Pero, digamos que el viaje le salió caro: esperaba encontrar respuestas y terminó llevándose deberes. Para terminar con el entrenador de los Bears, cuando fichó por el equipo de Chicago, dijo que estaba encantado de tener el placer de ganarle a LaFleur dos veces al año. Pues bueno, este año, mira tú por donde, ya no van a ser dos, amigo Ben.

Por cierto, el apretón de manos final entre los coaches de ambos equipos fue (como se esperaba) más frío que el abrazo de una exsuegra, pero con nuestro entrenador manteniendo las formas, no como otros en otras ocasiones. Ser caballero y mostrar buenos modales deja en evidencia a los que carecen de ellos.

El pick es suyo; las ganas de fastidiarlos, nuestras

Tras esta semana de sonrisilla permanente, toca mirar hacia delante. El próximo compromiso trae a los Dallas Cowboys a Lambeau Field, el domingo 18 de octubre, en horario de Sunday Night Football. Un escaparate estupendo, de esos que convierten una buena victoria en una demostración de que vamos en serio y cualquier derrota en un debate sobre quién debe dimitir antes del lunes, o a quién le cortamos la cabeza.

Dallas llega con un balance de 2-3, después de perder contra Tampa Bay por 24-16. Green Bay está en 3-2. No son cifras que permitan sacar conclusiones definitivas, pero sí dibujan un encuentro importante para dos equipos que necesitan encadenar buenos resultados y demostrar que pueden competir con regularidad.

Los Cowboys tienen talento suficiente para complicarle la noche a cualquiera. CeeDee Lamb es una amenaza que obliga a la defensa a trabajar con disciplina, y Dallas dispone de armas para castigar cualquier desconexión. Los Packers no pueden salir al campo pensando que, después de lo ocurrido con Chicago, basta con ponerse el casco y esperar a que el rival se rinda por iniciativa propia.

Aquí es donde quiero ver a Jordan Love: manteniendo el nivel, tomando buenas decisiones y demostrando que la exhibición ante los Bears no fue una excepción aislada. También quiero ver una defensa que siga provocando errores, aunque conviene recordar que las cinco pérdidas de balón de los Bears seguramente no se vayan a repetir.

Habrá que tener un ojo, o los dos, puestos en los equipos especiales. Contra los Bears, el pateador novato Trey Smack falló dos goles de campo y un punto extra. Ganar por 24 puntos permite tomarse esas cosas con filosofía; en un partido ajustado contra Dallas, la filosofía puede convertirse rápidamente en una colección de maldiciones pronunciadas en varios idiomas.

La buena noticia es que el partido es en nuestra casa. El factor Lambeau estará ahí, con su ambiente, su historia y esa capacidad tan particular para hacer que el equipo visitante se pregunte por qué leches le ha tocado jugar en Wisconsin en octubre. Esperemos que vuelva el fortín y que no se repita lo del día de los Falcons.

Los Packers tienen una oportunidad de oro para transformar la victoria contra Chicago en algo más que una anécdota deliciosa. Ganar a los Cowboys significaría enlazar tres victorias consecutivas y empezar a construir una narrativa mucho más convincente sobre el verdadero potencial de este equipo. Y no olvidemos que en el próximo Draft tienen nuestra primera ronda, todo lo que sea sumar victorias para que elijan lo más tarde posible, hará que me siente mejor la comida. Podría acabar con una úlcera estomacal viendo a Dallas elegir en el top 10 con nuestro pick.

Y si al final de la noche los Cowboys se marchan de Lambeau con las orejas gachas y con un buen saco de puntos recibidos, mejor que mejor. Al fin y al cabo, el otoño de Wisconsin es frío y la hospitalidad de Green Bay tiene sus límites.

Especialmente cuando el visitante viene de Dallas… o de Chicago.