1967. La guerra de Vietnam se está extendiendo demasiado en el tiempo, al igual que la infección en un cuerpo debilitado. Ese año estaba en marcha Rolling Thunder (1965–1968), una de varias campañas aéreas llevadas a cabo por el ejército estadounidense para golpear industria y comunicaciones en el Norte. El 26 de octubre de 1967, John Sidney McCain III pilotaba su A-4E Skyhawk. Había partido del portaaviones en el que estaba destinado, el USS Oriskany, un destino voluntario que había solicitado tras el incendio que arrasó su anterior barco, el USS Forrestal. McCain debía cumplir una misión con objetivo claro: una central eléctrica en Hanoi.
El fuego antiaéreo ese día era abundante. Las baterías antiaéreas levantaban una cortina de proyectiles que obligaba a maniobrar una y otra vez. A eso se sumaban los misiles SA-2, que buscaban su objetivo sin descanso. John Sidney McCain III siguió con las maniobras evasivas… pero no bastaron. No fueron suficientes. Al final, un misil SA-2 (S-75 Dvina) impactó en el ala derecha y el avión empezó a girar sobre sí mismo, en barrena.
Tocaba otra pelea: eyectarse. Lo consiguió, y al menos no lo pagó con su vida. Las posibilidades de haberla perdido en el transcurso de esta maniobra, con todo lo que acontecía, no eran pocas. Se fracturó los dos brazos y una pierna. Cayó al lago Trúc Bạch y el peso del equipo que portaba lo arrastraba hacia el fondo. Había logrado sobrevivir al impacto, a la eyección… e iba a lograr sobrevivir al ahogamiento que su propio equipo le estaba ocasionando. Se libró del peso como pudo y logró tirar del tetón del chaleco para poder emerger. Lo había conseguido: por fin estaba en la superficie y respiraba aire fresco. Aunque, realmente, su pesadilla solo acababa de empezar.
Una multitud enfervorecida se abalanzó contra su enemigo y, además de sacarlo del agua, la turba le propinó una paliza, dedicándole improperios y escupitajos. Incluso alguno no quiso perder oportunidad de ir más lejos: descargó la culata del fusil, e incluso se usó la bayoneta. Una vez en tierra, fue llevado por los soldados que habían acudido al lugar del incidente a un edificio en cuya entrada decía “Maison Centrale”, reminiscencia de la época colonial francesa. Su nombre, en realidad, era Hỏa Lò, o, como era conocida por los prisioneros de guerra, el “Hanoi Hilton”.
Estuvo días navegando entre la consciencia y la inconsciencia, siendo interrogado y torturado sin tregua, perdiendo a veces la noción del tiempo. Si McCain quería tratamiento médico debía confesar, puesto que para los norvietnamitas era un criminal de guerra. Entonces empezó el ritual de los interrogatorios. John McCain aguantaba la tortura y no se dejaba doblegar, según narró en múltiples ocasiones, y lo único que decía era su nombre, su rango, su fecha de nacimiento y su número de serie; el resto, silencio. Es lo que marcaban el Código de Conducta de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en su artículo 4 y el Tercer Convenio de Ginebra en su artículo 17. Alguna vez también nombró el USS Oriskany, pero no le arrancaban nada más. Hasta que un día su voluntad se doblegó. Sus captores sonrieron… por fin iban a obtener información valiosa. Iba a dar el nombre de sus compañeros de escuadrón.
Ken Bowman, Gale Gillingham, Jerry Kramer, Forrest Gregg y Bob Skoronski. Sí, estos cinco eran los compañeros de escuadrón de John Sidney McCain III. Eran la línea ofensiva titular de los Green Bay Packers en 1967 (y también en 1968): Ken Bowman (1964–1973), Gale Gillingham (1966–1974 y 1976), Jerry Kramer (1958–1968), Forrest Gregg (1956 y 1958–1970) y Bob Skoronski (1956 y 1959–1968). Para situarnos, la de 1966 —de izquierda a derecha— fue: Skoronski, Thurston, Bill Curry, Kramer y Gregg. Los Packers durante los años de Lombardi habían tenido siempre grandes líneas. Era algo que se habían ocupado en desarrollar de la mejor manera. Talentos escogidos en los cincuenta y en los sesenta conformaban una amalgama difícil de superar. Conformaban un equipo de ejecución casi perfecta. A fin de cuentas, ya lo decía el propio Lombardi: “Gentlemen, we will chase perfection, and we will chase it relentlessly, knowing all the while we can never attain it. But along the way, we shall catch excellence.” Mientras los “compañeros” de John McCain se batían el cobre para proteger a Bart Starr, él iba asumiendo su fatal destino. A fin de cuentas, un doctor de la prisión lo daba ya por perdido. Y así se lo dijeron: “It’s too late”, le dijo uno de los que le interrogaban.
La reclusión no favorecía su curación, más bien lo contrario. Las condiciones infrahumanas acortaban su vida. Le daba de comer un guardia de la prisión —seguía con los brazos inutilizados—, pero él vomitaba lo ingerido. Pero cierto día la suerte quiso que su futuro no se enturbiara. ¿El motivo? Su padre. El almirante John Sidney McCain Jr. era uno de los militares de mayor rango en el teatro del Pacífico; comandante en jefe del Pacífico (CINCPAC). Esto hizo que el interes por mantener vivo a John Sidney McCain III apareciese. Y si, fue a partir de ahí cuando empezó a recibir atención médica. Lo trasladaron por fin al hospital. Al ser un “gran almirante”, como decían en la prisión, creyeron que podrían obtener provecho propagandístico: “un americano famoso”. Al final, poco a poco, se fue recuperando. La ayuda que le brindaban sus compañeros de cautiverio, junto con un código que se inventaron —tap code, un sistema de golpes en tuberías o paredes— para mandarse mensajes, hizo que no cejara en su lucha por la vida. Se aferró a ella con uñas y dientes, igual que sus compañeros. Incluso le ofrecieron la libertad viendo en quién se había convertido el padre de McCain III, pero él se negó en redondo. No pensaba traicionar a sus compañeros. Ni a su país. Ni a su familia. Permaneció hasta 1973 como prisionero de guerra.
Décadas después volvió al lugar donde se estrelló su avión, el lago Trúc Bạch. Justo en la carretera que separa dicho lago y el lago Tây, se erige un pequeño monumento que sirve de recordatorio y memoria de lo que allí ocurrió. Esa maravillosa línea ofensiva, conformada por Skoronski, Gillingham, Bowman, Kramer y Gregg —los hombres que protegían a Bart Starr—, protegió en cierta manera también a John McCain, aunque a más de 7.000 millas. A veces, cinco nombres bastan para mantener a un hombre con vida.